Gran parte de los 190.000 productores que tienen vacas en el país aseguran por lo bajo que no piensan tolerar más lo que consideran una estrategia del Gobierno: ejercer presión constante frente a la suba de la carne, quitándose toda responsabilidad en este proceso.
De manera más forma, la Sociedad Rural de Río Cuarto señaló esta semana que el Gobierno está "engañando a la gente", al prometer que el precio de los bifes se quedará quietos por un año. Es que ese es el diagnóstico compartido por el sector productivo: si la carne sube no es por "avaricia", sino porque las vacas no alcanzan para satisfacer una demanda en franca expansión, y no sólo desde el mercado externo.
En 2003, a poco de asumir Néstor Kirchner, los técnicos de Agricultura pintaron el escenario que estaba por venir: dijeron que en poco tiempo, de no ponerse en marcha un Plan Ganadero iba a escasear la hacienda. Los funcionarios también diseñaron el esqueleto de ese plan que, aunque anunciado muchas veces, nunca tomó cuerpo. Y desde que empezó la escalada de aumentos (en marzo de 2005), las urgencias de la coyuntura dominaron la escena y no se habló más del plan.
Por supuesto que, en esta discusión, hay dosis grandes de ideología en juego: queda claro que la "estirpe" ganadera no soporta algunos gestos del actual Gobierno. Pero si los dirigentes de la Sociedad Rural o Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) no se avienen a firmar el nuevo acuerdo de precios no es solamente por este tipo de problemas de piel: los ganaderos están enojados por la situación y le ponen presión a sus propios dirigentes, que se juegan la cabeza en cada negociación.