Las enfermedades de fin de ciclo vuelven a ganar protagonismo en soja y refuerzan un principio que el sistema productivo conoce bien: la prevención sigue siendo la herramienta más eficaz de manejo sanitario.
La actual campaña se desarrolla en un contexto particularmente desafiante. La alta variabilidad climática, la aparición temprana de patógenos, las diferencias genéticas entre cultivares y la creciente presión de resistencia a fungicidas configuran un escenario complejo para el cultivo. El “subibaja” climático —con sequía y altas temperaturas durante etapas reproductivas, seguido por el regreso de las lluvias— dejó a muchos lotes bajo estrés, generando condiciones ideales para el avance de enfermedades.
Frente a este panorama, desde la Red de Manejo de Plagas (REM) de Aapresid refuerzan un mensaje clave: la sanidad no se resuelve con una aplicación puntual, sino con una estrategia integral que se define antes de que aparezcan los síntomas.
La primera barrera del sistema sanitario está en la calidad fisiológica y sanitaria de la semilla, junto con un adecuado manejo de rotaciones. Secuencias como soja–soja incrementan la carga inicial de inóculo y favorecen la aparición de enfermedades de fin de ciclo (EFC), además de patógenos de raíz y tallo. Por eso, conocer el historial del lote resulta fundamental para interpretar correctamente el riesgo sanitario.
Las diferencias genéticas entre cultivares constituyen otro pilar del manejo preventivo. Ensayos comparativos muestran contrastes marcados en el comportamiento sanitario entre materiales, incluso entre cultivares antiguos con buena tolerancia y lanzamientos más recientes donde este atributo no siempre fue priorizado, tal como señaló el especialista de la EEAOC, Dr. Reznikov, durante el Congreso Aapresid 2025.
El monitoreo permanente permite comprender la dinámica cultivo–ambiente–patógeno y anticipar decisiones. Las recorridas periódicas resultan indispensables para detectar el inicio de la enfermedad y prever su avance hacia las hojas de mayor aporte fotosintético. En este punto, integrar el estado fenológico del cultivo con la funcionalidad de los fungicidas es clave.
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