Esta nueva disciplina ya se estudia en la Universidad Nacional de La Plata UNLP. Quizás aún resulte difícil pensar en la existencia de laboratorios que cuenten con una especie de "tarjeta genómica" de cada ser humano, en base a la cual se pueda establecer la dieta más adecuada para cada individuo y, de esa manera, prevenir enfermedades.
Dentro del ambiente científico esta idea no parece tan alocada. Investigadores de todo el mundo están trabajando en el desarrollo de la nutrigenómica. Se trata de una disciplina que estudia la relación entre los distintos componentes de un alimento sobre la expresión de los genes de una persona.
En la UNLP ya se está hablando de esta nueva ciencia. Sin ir más lejos, el viernes pasado hubo una charla en el
Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas, Teóricas y Aplicadas (INIFTA) donde se hizo mención a la misma. La doctora en Ciencias Bioquímicas, María Cristina Añón, titular de Bromatología de Exactas e investigadora superior del CONICET, fue la encargada de la disertación, en la que planteó la relación entre el consumo de los
alimentos y la salud humana.
"Con la nutrigenómica se apunta al estudio de la relación entre alimentos e individuos a nivel molecular. Pero es algo que en la Argentina recién se está empezando a trabajar. En Estados Unidos y en Europa ya está
más desarrollado", señaló la especialista. A nivel internacional se está pensando en que este progreso va a significar un salto gigantesco en la forma de enfocar la nutrición moderna y se cree que será un pilar fundamental en el desarrollo de la salud pública del futuro.
En el caso de la obesidad, por ejemplo, se podría explicar por qué algunas personas no consiguen adelgazar a pesar de someterse a estrictas dietas durante un tiempo prolongado. Esto se debería a que las personas reaccionan de manera diferente ante un determinado alimento, debido a su particular dotación genética.
En la charla, Añón profundizó los aportes que hacen los alimentos desde el punto de vista nutricional. Así fue como se refirió a la función de los componentes bioactivos y de los alimentos funcionales o nutracéuticos. "Los alimentos además de tener componentes que cubren los requerimientos de materia y energía tienen otros, o
los mismos, con determinadas funciones que pueden interactuar con la fisiología del hombre", afirmó la bioquímica. Los componentes bioactivos, según indicó Añón, son los que están dentro de un alimento natural o uno funcional.
En tanto que los funcionales son los que contienen componentes bioactivos que son benéficos para la
salud. Estos pueden estar en forma natural o no. Según Añón, un alimento funcional puede ser una leche enriquecida en calcio y vitaminas, porque su consumo prolongado en el tiempo hará que la persona tenga menos probabilidades de padecer osteoporosis.
Otros alimentos funcionales son aquellos que son ricos en ácidos grasos omega 3, que disminuyen el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. También algunos que contienen microorganismos con propiedades bioactivas como las leches con gránulos de kefir o con bacterias lácticas.
La producción de alimentos funcionales es una tendencia que se expande en los países más desarrollados del mundo. No ocurre lo mismo en los menos desarrollados. "En Europa o Estados Unidos no tienen problemas
básicos de nutrición como en otros lugares donde la gente no tiene siquiera para alimentarse. Pero si un país tiene una población con las necesidades básicas cubiertas puede pensar en otra cosa", expresó la investigadora.
Añón mencionó que en los países del primer mundo la gente no sólo está preocupada por cuánto come sino
por saber si lo que come es beneficioso para su salud. La bioquímica señaló que el concepto de alimento funcional proviene de los japoneses. "Como ellos tienen una sociedad muy longeva entonces tratan de buscar la manera para que esa población esté en las mejores condiciones de salud posible. Eso es además un ahorro para el sistema de salud. Porque cuanto mejor sea la salud de la población menor es el costo del gobierno en esa área", concluyó la especialista.
Fuente: Argenbío