En el feriado largo de Semana Santa se despidió de Buenos Aires el delegado permanente del Fondo Monetario Internacional. El norteamericano Andrew Wolfe tenía las valijas hechas hace un par de meses y este fin de semana terminó de concretar la mudanza que estaba a medio terminar.
Su alejamiento no significa una ruptura con el FMI, pero es un reflejo más del enfriamiento de las relaciones entre el Gobierno argentino y el organismo con sede en Washington. El golpe de gracia a esa relación lo dio Néstor Kirchner el 3 de enero último, cuando le pagó anticipadamente toda la deuda, por un total de 9.500 millones de dólares.
El paso siguiente al desplazamiento de Wolfe será el cierre total de la representación permanente del FMI en Buenos Aires. El encargado de terminar de pagar las cuentas pendientes y apagar la luz antes del cierre definitivo será el segundo de la oficina, Nigel Chalk. En rigor, la delegación funciona desde hace muchos años en un espacio prestado por el Banco Central, en la sede de la calle Reconquista 266.
Wolfe no pudo cumplir un año en el cargo de representante del FMI en Buenos Aires. Llegó a mediados de 2005 para reemplazar en esa función al inglés John Dodsworth, quien se jubiló. En ese recambio también se produjo la salida del otro enviado del FMI también británico y fanático del fútbol John Thorton. Estos dos funcionarios habían quedado desgastados en una interminable negociación con los funcionarios argentinos, que nunca logró su objetivo de acordar un programa nuevo.
Por eso, la llegada de Wolfe fue interpretada como un gesto del FMI orientado a facilitar las conversaciones. O por lo menos, como el reconocimiento de Anoop Singh el director indio del Fondo al que reportan las delegaciones en América latina de que se había equivocado en la elección de los interlocutores ante el gobierno de Néstor Kirchner.
En cambio, "Andy", como lo llaman sus amigos a Wolfe, traía como antecedente haber sido delegado en Buenos Aires por un lapso breve entre 1995 y 1996, cuando el ministro de Economía era Domingo Cavallo. Además venía de ser representante entre 1992 y 1995 en Uruguay. Y en 2002 había regresado a Montevideo como negociador del programa que permitió reestructurar la deuda uruguaya.
Esto le daba una ventaja sobre la dupla de los John: tiene un perfecto manejo del español y conoce la realidad rioplatense con lujo de detalles.
Pero antes de que Wolfe pudiera entrar en acción, Kirchner sorprendió a todos con la cancelación anticipada de la deuda, sólo una semana después de que Brasil hiciera lo mismo. A partir de ese momento, el eje de las conversaciones cambió. Y los gobiernos pidieron al FMI que cerrara las oficinas permanentes, como una reafirmación de la supuesta autonomía que se había ganado.
Rodrigo Rato el español que comanda el Fondo dudó en un principio en ejecutar el pedido de los gobiernos de Brasil y de Argentina. Según comentan en Washington, la intención era no convalidar las críticas que recibe a diario el organismo sobre su inutilidad y su inoperancia. Pero luego se sumó un elemento de peso para determinar las clausuras: el ajuste presupuestario al que quedó sometido el FMI desde que perdió ingresos financieros por los intereses que cobraba a dos de sus grandes deudores.
Así, el futuro del delegado per manente en Buenos Aires quedó sellado. A Wolfe no le disgustaba la vida en Buenos Aires y estaba dispuesto a seguir un tiempo más, al menos por los dos años estipulados en el contrato.
Había logrado algo que sus antecesores inmediatos no habían conseguido: el anominato. Nadie logró en todos estos meses tomarle una foto para hacer pública su cara. Esto le permitía moverse por las calles con absoluta comodidad. Podía ir caminando desde el Banco Central al Ministerio de Economía sin riesgos de ser detectado por periodistas, piqueteros o, simplemente, curiosos. También podía disfrutar, sin que lo merodearan, de una pasión que adquirió en los últimos tiempos y que desarrolló más en su estadía porteña: el golf.