Esta vez, los productores y dirigentes agropecuarios no necesitaron sacar la calculadora de sus bolsillos para tratar de entender la mejora que le proponía el Gobierno. Se indignaron mucho antes.
¿Quién puede poner buena predisposición a un mensaje si el mensajero parece más interesado en enojarlo?
En el anuncio del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, sobraron errores. Menores, como mencionar a la soja como a un cereal, y errores pintorescos, como confundir a Alfredo de Angeli con un propietario de campo rentista cuando, en realidad, sale a arrendar y a trabajar el campo.
Además hizo valoraciones muy discutibles sobre los que invierten sus dineros en la agricultura. ¿Un inversionista en servicios o en la industria es mejor que aquel que invierte en el campo?
Desestimó el aporte en estimaciones nacionales de rindes y rentabilidad que pueden hacer los organismos técnicos del Estado, como el INTA, para terminar citando arbitrariamente la renta obtenida por el gobernador de Tucumán. ¿Qué dirán los productores chaqueños que perdieron plata con sojas de 9 quintales?
Pero, básicamente, lo que terminó ofuscando a los productores fueron las adjetivaciones. ¿Valía la pena cerrar el anuncio lamentándose por la "formidable incapacidad de dialogar de la dirigencia"? ¿O de su "formidable altanería"?
En principio, no parece ser la mejor forma de lograr que el anuncio sea bien recibido por el campo.
Hasta una exposición técnica como la que hizo el ministro de Economía, Carlos Fernández, carente de toda consideración política, hubiera conseguido un mejor recibimiento entre los productores.
Quedó a la vista: fue un anuncio en el que sobraron las palabras y faltaron números.
Fuente: Félix Sammartino - La Nación