Dura apenas unos segundos. La escena es simple, pero alcanza para simbolizar parte del perfil de los empresarios agropecuarios de punta. Allí está Jorge Romagnoli, en silencio, escrutando los datos que la pantalla de su notebook devuelve en forma de reflejo sobre sus lentes.
Hay una pausa ínfima, la suficiente para que sus ojos vuelvan a caer bajo el hechizo del enorme ventanal que domina su oficina. Cinco centímetros de vidrio lo separan de la tenue y persistente llovizna que humedece un ote con ensayos de coberturas permanentes.
Así pasa buena parte del día el presidente del grupo Romagnoli, con un ojo en la tecnología y otro en la tierra. "Mi obsesión por cuidar el suelo viene desde mi época de estudiante y no dudé un instante que esta se iba a convertir en la razón de mi vida señala el texto de su presentación en la página web de la empresa Mi próximo desafío pasa por llevar adelante un proyecto de Investigación y Desarrollo sobre biología del suelo, para entender la dinámica de los procesos biológicos en sistemas de siembra directa, con énfasis a la rotación de cultivos, manejo de fertilizantes y presencia de enfermedades".
Y en eso está. Como un Julio Verne del siglo 21, Romagnoli comanda la nave cuya misión es desentrañar el universo orgánico que vive bajo la tierra. El disparador de semejante aventura fue el análisis de un mapa de rendimiento de un lote de 40 hectáreas en el establecimiento La Lucía, uno de los campos más antiguos en siembra directa continua que existe en el país.
El cultivo que desencadenó la hipótesis de trabajo fue una soja de segunda. "Hace tres años vimos un mosaico de productividad diferencial que no se condecía con la variedad o el manejo de ese año. Eso nos llevó a un buceo histórico de los trabajos en el campo", recordó Romagnoli.
El rastreo en la línea cronológica permitió recolectar datos de hasta medio siglo atrás y establecer, a priori, que la productividad de los suelos estaba impregnada de rasgos diferenciales en función de los manejos realizados en el pasado. Y como los análisis físicos o químicos no alcanzaron para explicar ese comportamiento, se planteó un tercer camino para encontrar alguna correlatividad entre parámetros biológicos y producción.
El desafío es mayúsculo. A diferencia de los abordajes físicos o químicos, hoy no existe un consenso en la comunidad científica para establecer cuáles son los indicadores biológicos más eficientes. Incluso, Romagnoli reconoce que es una línea de investigación abandonada hace, por lo menos, 60 años.
"A mediados del siglo pasado, con el avance sustancial de la química agrícola y analítica, tomó una gran relevancia el manejo de los productos químicos sintéticos, entre ellos los fertilizantes", explica. Su lectura es que ese hecho produjo un vuelco en los índices de productividad, por lo que perdió vigencia el manejo biológico del suelo.
Pero el universo orgánico bajo tierra, que tanto había desvelado a las escuelas rusas y francesas luego abandonado por la influencia de la escuela estadounidense, vuelve de a poco al centro de la escena. Hay, por lo menos, dos factores que inciden: el aumento de la contaminación de las napas freáticas y lagos con productos químicos sintéticos y el encarecimiento de los costos por el aumento constante del petróleo en el mercado internacional.
"Ambos procesos nos ponen frente a un nuevo escenario, ya que debemos reconsiderar otras alternativas a la reutilización de fertilizantes", señaló Romagnoli. Ahora bien, ¿qué se entiende por biología del suelo? A grandes rasgos, es el conocimiento de la vida que existe bajo tierra y también al ras de la superficie. Hay un conjunto complejo de elementos físicos, químicos y biológicos que compone el sustrato natural en el cual se desarrolla la vida en el suelo, que es el hábitat de microorganismos y pequeños animales.
"Lo que consideramos es aprovechar, a favor de la producción agropecuaria, los factores que promueven el incremento de la fertilidad, expresada en productividad, a través de un manejo más racional y a favor de la microbiología del suelo, que puede desencadenar procesos positivos", apunta el empresario.
Algunos de esos factores son la promoción de fijación libre de nitrógeno, la solubilización del fósforo, la disponibilidad de otros nutrientes y la removilización de nutrientes del subsuelo hacia la superficie. También la fijación simbiótica de nitrógeno atmosférico a través de la asociación de rhizobium con plantas leguminosas (rhizobium es una bacteria capaz de inducir la formación de nódulos ricos en nitrógeno), la promoción de micorrizas (hongos asociados a las raíces que permiten solubilización y fijación de nutrientes).
Otro aspecto mencionado por Romagnoli es la protección de patógenos en la rizósfera, por medio de la interacción de microorganismos que favorecen gracias a la síntesis de ciertos antibióticos el bloqueo de la acción de otros grupos de microorganismos.
Entonces, en función del manejo que se haga del suelo y de los cultivos, se tendrán resultados positivos o negativos.
Entrada y salida
Que el presidente de la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa (Aapresid) esté al frente de esta investigación es tanto causa como consecuencia. Es que la siembra directa es puerta de entrada, pero también de salida. Ello porque los resultados del estudio serán la base para establecer los parámetros que permitan medir y certificar los procesos productivos del esquema que revolucionó al agro argentino. En el final del proceso, Romagnoli espera crear un protocolo de medición que sea simple, eficiente y rápido. "Así como en el vehículo hay un tablero con dos o tres indicadores, así debemos identificar los parámetros para medir rápidamente en el suelo y saber si estamos bien o mal", explicó. Y Aapresid ya trabaja en tal sentido.
"Sistema de gestión de calidad ambiental y productiva en agricultura de conservación" es el nombre que lleva el proyecto que, además de establecer un manual de Buenas Prácticas Agrícolas, está en el camino para acceder a bonos de carbono.
Para Romagnoli, esa será una consecuencia del proceso. "Lo que no tenemos que perder de vista es que la demanda mundial pretenderá consumir productos certificados y seguros. El gran valor al que podemos acceder como país productor de alimentos es la calidad en lo biológico", afirmó.
Una vez más, la clave parece estar en el "darse cuenta", un concepto acuñado por Aapresid para incentivar el cambio de paradigmas. Para el proceso de certificación se propone medir la evolución de la materia orgánica y sus fracciones; balance y evolución de nutrientes; fertilidad física (índice S); actividad biológica e índice de erosión. También se trabajará con indicadores directos e indirectos y con los niveles de eficiencia en el uso de los recursos.
Romagnoli cree que la Argentina puede vender alimentos al mundo con calidad certificada. El establecimiento La Lucía es hoy uno de los campos de referencia nacional en avances tecnológicos y ensayos agronómicos. En sus algo más de 120 hectáreas, la familia Romagnoli integra lotes en producción comercial y otros dedicados exclusivamente a la experimentación.
Uno de ellos, que abarca 40 hectáreas, es el foco del estudio biológico del suelo, para lo cual ha sido subdividido en diferentes parcelas, a fin de establecer relaciones con los manejos pasados. "El lote es sometido al sistema habitual de producción del establecimiento. Hacemos un muestreo periódico del suelo para someterlo a análisis físicos, químicos y biológicos", comenta Romagnoli.
En esos estudios asomaron algunos parámetros significativamente diferentes, en especial en un determinado grupo de bacterias como actinomicetes (algunas cumplen un rol destacado en la descomposición de carbono), pero también en especies solubilizadoras y hongos. Otros datos son las diferencias en pH (alcalinidad o acidez del suelo) y en capacidad de intercambio catiónico, además de procesos vinculados a la oxirreducción y la relación carbono-nitrógeno, nitrógeno-fósforo, nitrógeno-calcio y calcio-magnesio, entre otros.
Es cómo leer procesos que en realidad deben ser decodificados.
Exacto. Estamos buscando los por qué para empezar a dilucidar las correlaciones de estos parámetros diferenciales con la calidad de suelo y productividad. Ese es el propósito.
¿Hay un plazo de trabajo?
Cuatro años desde ahora. Hubo tres años de estudios previos que fueron la base de este proyecto. Pero el plazo va hasta 2011. Seguramente aparecerán resultados parciales de los estudios previos que nos están dando pautas sobre las cuales podemos empezar a trabajar, como indicadores provisorios para la certificación. Y después de cuatro años se confirmarán o surgirán nuevos parámetros que permitan ampliar la base de sustento para el proceso de certificación.
¿Cuáles son esas pautas?
Son mixtas (físicas, biológicas, químicas). Algunas son indirectamente biológicas, porque reflejan el resultado de la actividad biológica. Además de lo que ya conocemos desde lo físico, como es el estado de estructuración del suelo, la capacidad de retención de agua o el contenido de materia orgánica, estamos viendo el porcentaje de glomalina (proteína de azúcar excretada por hongos del suelo que ayuda a almacenar carbono y encauzar agua y nutrientes a las raíces) en el suelo, que reflejaría una actividad biológica favorable. Parte de este proyecto de investigación es encontrar mecanismos de determinación de glomalina rápidos, prácticos y accesibles, de bajo costo, sin necesidad de un gran laboratorio.
¿Qué infraestructura tienen en su laboratorio?
Para lo que es suelo, existen aparatos para determinar materia seca en planta, humedad, ensayos para infiltraciones, porosidad, densidad aparente y agua útil. Por cierto, también hacemos todas las determinaciones de granos, proteínas y gluten, entre otros estudios. El resto de los análisis se hacen en Quilmes, pero no se descarta incorporar nuevo equipamiento.
Público y privado
El trabajo desarrollado hasta ahora por Romagnoli despertó el interés de diferentes grupos de investigadores y llegó hasta la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Nación, que lo incluyó en su plataforma de acción.
En tal sentido, se promovió la formación de un PAE (Proyecto de Área Estratégica) y se conformó un grupo de trabajo interdisciplinario con 11 instituciones diferentes y apoyadas por dos empresas privadas, que son Rizobacter y La Lucía SA, además de la participación de Aapresid. El proyecto es único en el país y cuenta con por lo menos tres investigadores por cada grupo de trabajo y una asignación total de fondos (públicos y privados) de 3,7 millones de pesos para la primera etapa. Su nombre es Biospas (Biología de Suelos y Producción Agraria Sustentable). Además de La Lucía, el proyecto prevé incorporar seis campos más en diferentes regiones del país para experimentación.
En tanto, se espera que en una primera etapa de certificación del sistema de producción se alcance un módulo de 65 lotes.
Fuente: Daniel Alonso - La Voz del Interior