Una vuelta por la historia en la parrilla del Tolo, en Colonia Hocker

Actualidad
Guillermo y Clara, dos enamorados "para siempre" de Colonia Hocker

Cuentan los más veteranos vecinos que el bar fue fundado por la familia Forclaz y que funcionó por más de 80 años en una esquina y en el camino principal de Colonia Hocker, ese mágico pueblo del departamento Colón. Y que al igual que tantos otros boliches y almacenes de campo un día cerró sus puertas, clausurando una parte intensa de la vida de tantas familias europeas que encontraron en esas tierras su nuevo lugar en el mundo. Pero, como dice la biblia de los optimistas, “cuando una puerta se cierra, otra se abre”, un emprendimiento gastronómico post pandemia llegó para darle una nueva existencia a la antigua casona, esta vez de la mano de otros inmigrantes, sumando otro atractivo a esta bucólica comarca entrerriana.

Un cartel ubicado en el acceso al pueblo -desde la autovía Artigas y a 10 kilómetros exactos - que se bambolea con imperceptible cadencia nos recibe: “Bienvenidos a Hoker” sin la “c”, un ahorro que hizo y popularizó el pintor del letrero sobre el nombre de este pueblo que honra al inmigrante alemán Enrique Hocker, quien allá por 1885 decidió parcelar y vender 2700 hectáreas de su propiedad. Fueron 100 lotes iguales que apuntalaron a esta naciente comunidad -desde enero de este año es comuna de segunda- que en sus orígenes se nutrió de familias de origen suizo y francés que habían comenzado a llegar en 1853.

“Es un pueblo único, de paz y tranquilidad que descubrimos hace muchos años casi de casualidad, y que elegimos para vivir” nos cuenta Guillermo Franco, un bonaerense que hace casi 20 años se alojó en Hocker. “Fue una parada técnica volviendo del Uruguay. Con Clara, mi esposa, nos enamoramos para siempre de este lugar” dispara. La historia continuó con la compra de un terreno a Héctor “Tolo” Forclaz, un vecino que se convirtió en un entrañable amigo, y la construcción de una primera cabaña para vacacionar ellos, a la que le siguieron otras tres, para constituir un pequeño complejo turístico que fortaleció las opciones de alojamiento en la Colonia.

El bar de los Forclaz

Los tupidos fresnos y la parrilla móvil puesta casi en la calle tapan un poco la visión de esta casona centenaria que fue testigo de tiempos de carros, sulkys y caballos transitando por su frente, de hombres y mujeres que hablaban otras lenguas, de familias labrando cada parcela de tierra para producir los alimentos generadores del sustento, que se fueron ensamblando poco a poco con el criollo. Hoy, dos carteles de cerveza “Quilmes” franquean la puerta principal de madera y pintada de verde que quedan como evidencia del tradicional despacho de bebidas que abrieron los Forclaz cuando despuntaba el siglo XX. En su interior, con pisos de baldosas negras y bordó, encontramos el original mostrador de madera donde tantas copas se habrán servido como charlas se habrán escuchado. Las mesas y sillas de caño en el salón y la oferta de cervezas artesanales locales nos remiten al presente.

“Toda la vida fue un bar, los vecinos más viejitos nos cuentan que venía gente tanto a la mañana a tomar una copa como a la noche, y bueno, debe haber muchas historias que transcurrieron acá que nos gustaría conocer por supuesto”, reflexiona Guillermo, mientras con un ojo mira hacia la parrilla donde diferentes cortes vacunos y achuras comienzan a desprender los típicos aromas que estimulan los sentidos, nos hacen segregar saliva y provocan el deseo de ser parte de una bacanal cárnica que en breve tendrá un desenlace.

“Lo del Tolo” es un muy novel comedor que con su impronta toma la posta de un lugar que fue y vuelve a ser con el impulso de los emprendedores parte de la historia viva de Colonia Hocker, que le suma una nueva propuesta gastronómica a los atractivos naturales de una región donde la agricultura, la avicultura, el rodeo ganadero y los campos forestales comenzaron a compartir con el turismo el desarrollo económico, una variable que en la costa del Uruguay es un factor clave en el progreso. En ese sentido hay que mencionar a los pioneros, el almacén Don Leandro de la familia Pralong, que desde los años ‘90 se reconvirtió y comenzó a ser parte del circuito turístico ineludible de la cercana Villa Elisa y su complejo termal -a poco más de 11 kilómetros-, pero también de la ciudad de Colón, a unos 30 km de distancia.

Una historia de amor

¿Hocker u Hoker, con “ck” o sólo con “k”? “La discusión está zanjada, por ahora” nos dice Silvina González, por muchos años difusora del turismo en la región. “Desde el 1 de enero de este año somos comuna de segunda categoría y en la resolución oficial dice Colonia Hocker…pero estamos investigando en archivos del cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, donde descansan los restos de don Enrique Hoker u Hocker, para establecer cómo se escribía el apellido” nos dice.

Pero volvamos al bar de los Forclaz, abierto muchos años, pero que detrás del mostrador también anduvieron y atendieron los Valori, que fueron propietarios al igual que Nuncio Luggren y Pichona Perroud, que junto a su hijo Norberto lo mantuvieron abierto hasta que llegó el tiempo de cerrar las puertas, según el testimonio que escuchamos. “Cuando veníamos de vacaciones el bar era un punto de encuentro, para charlar, jugar un truco, pasarla bien. Había una mesa de billar también” recuerda Guillermo, convertido ya en un parroquiano más.

Luego llegaría esta aventura, la de Guillermo Franco y Clara Horvat, abriendo una parrilla en la misma casa y junto a ese camino, que alguna vez fue la principal vía de comunicación entre Colón y Villaguay, hace 150 años, por el que transitaron los colonos con su producción, esfuerzo y utopías. “Cuando nos decidimos le pedimos permiso a nuestro amigo “Tolo” Forclaz para ponerle de nombre al comedor “Lo del Tolo”, un homenaje que quisimos hacerle a quien nos permitió poder vivir en Hocker y nos ofreció su amistad. Pero el Tolo se nos fue antes de la inauguración, lamentablemente” cuenta con tristeza.

“Yo soy viajante, bueno, era viajante. Quiero pasar los últimos años acá. Por ahí desde lo económico convenía abrir un comedor por el Gran Buenos Aires o la ciudad de Plata, de donde venimos, pero acá ganamos en calidad de vida” asegura Guillermo, mientras le pone un poco más de brasas a las costillas y al vacío, a los chorizos, morcilla y chinchulines trenzados que se sienten por todos lados. Una variedad de ensaladas y un budín de pan bien casero para el postre prometen un momento inolvidable en “lo del Tolo”.

El atardecer trae las primeras sombras que son un alivio en este impiadoso verano, y en Hocker las luces se comienzan a encender con cierta timidez. Hacemos una rápida recorrida por el pueblo -tiene una cuadrícula de cuatro cuadras- pasando por la única escuela, la N.º 17 Estanislao del Campo, que mira hacia el predio donde está la plaza y la cancha de fútbol del Club Social y Deportivo Huracán, uno de los animadores de la Liga de las Colonias, que por estos días desarrolla su torneo Apertura con equipos de la región. También frente al campo deportivo, está la capilla Santa Rosa de Lima, frecuentada por los creyentes.

Nos recomiendan llegarnos hasta el cercano arroyo Mármol, a unos seis kilómetros, un paseo para la vecindad, con el singular puente ferroviario sobre el curso de agua de vertientes, donde las columnas son durmientes apilados -un montón- que sostienen la estructura por la que marcharon los trenes en el pasado. El lugar -un campo privado al que igual se puede acceder- es un oasis de verdes donde las flores silvestres todo lo perfuman desafiando, la falta de humedad por las escasas lluvias de esta temporada.

¿Cómo es el contraste con la vida en un pueblo de campo? La respuesta será meditada por este matrimonio de bonaerenses que eligieron residir en un entorno bien rural. “Sin estrés, tranquilidad, vecinos que son amigos y con tiempo para la charla, aire puro, horizontes y paisajes hasta el infinito, buena vida” resumen Clara y Guillermo. Es Colonia Hocker, una comarca entrerriana donde la siesta sigue siendo un rito sagrado, tanto como el de hacerse un espacio para el encuentro y la conversación. Dejamos acá, el aroma de la carne y las achuras que ya están a punto nos convocan a la mesa en “lo del Tolo”. ¡Salud!

Guido Emilio Ruberto / Campo en Acción

Estás navegando la versión AMP

Leé la nota completa en la web