Un recodo en el camino y una parada obligada en la despensa y bar de “Lucho” Oreggioni

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Lucho en su espacio vital, apoyado en el tablón y detrás de las rejas que quedan

Ubicado a la vera de la ruta provincial 22 y a 18 kilómetros de Federal, el almacén lleva casi cien años abierto y conservando tradiciones que le dieron su razón de ser: atender a la familia rural y a aquellos que transitan los caminos de la región. El tiempo y la amabilidad en la atención lo convirtió en una parada casi obligada para los lugareños, pero el bar de Luis Antonio Oreggioni es también -para muchos- un buen pretexto que vuelve lento el regreso a casa. Auténtico refugio donde se rinde culto a la amistad, el sencillo boliche es un faro para aquellos que rumbean entre Concordia y la capital del chamamé, o que andan buscando qué pescar en Paso Duarte, en el cercano río Gualeguay.

Una recorrida por la ruta en obra N° 20, esa arteria que atraviesa el departamento Villaguay desde la rotonda con la nacional 18 y hacia el norte, cruzando Lucas Sur, Lucas Norte y Chañar, nos deposita en el pavimento de la 22, justito al lado de la estructura herrumbrada y hoy obsoleta del viejo puente que alguna vez -sospechamos- permitió el sobrepaso del Gualeguay, estacionado para siempre junto al puesto caminero y curioso atractivo fotográfico para los que pasan por este punto de la geografía entrerriana.

Seguimos hacia nuestro destino. “Despensa y bar Oreggioni” invoca el cartel, visible desde lejos y sobre la galería que oficia de antesala del lugar, donde un par de mesas, algunas sillas, un banco de madera y unos taburetes completan el mobiliario. Dos ventanas con tablas para un lado y mostrador para el otro (una con barrotes de hierro y la otra no) separan los ambientes. En el interior y con una sonrisa que nunca lo dejará está el hombre que lleva adelante el legado familiar.

“El canto de los pájaros bien temprano, en el alba de esta zona de Entre Ríos, ya nos dice cómo va a estar la jornada. Hoy estaban cantando con ganas así que sabía que el día iba a ser muy lindo”, nos dice para recibirnos Luis Antonio Oreggioni, “Lucho” para todos. “Este almacén lo fundó mi padre, yo nací prácticamente en esta casa pero el negocio estaba un poco más allá”, responde mientras señala hacia algún punto cardinal que no alcanzamos a descifrar pero que es el horizonte de toda la vida de este bolichero, recordando que el establecimiento abrió antes que él naciera – y ya pasó los 70 años- y que hubo mudanza cuando trazaron el camino principal, una ruta provincial que recorre el centro norte de Entre Ríos entre Federal, famosa por los buenos hacedores de cuchillos y la música litoraleña, y la capital del citrus, en la costa del Uruguay.

De historia, tradiciones y copas

“Lucho” está apoyado en un desgastado mostrador, espectador de tantas charlas y encuentros, donde hoy reposan unos tentadores quesos “calabacita” como él les llama. Tienen buena pinta. “Son muy ricos, los hacen en Colonia Chañar”, nos dice sin que le preguntemos sobre los lácteos. Quedan algunos huecos en el marco de esas ventanas. “Tenía más rejas. Cuando mi padre abrió el negocio había mucho obraje en los montes, y cuando cerraba no quedaba nadie, así que bajaba las persianas y le ponía trabas y cerrojos” memora.

La visita se da en un momento de la mañana de un sábado todavía tranquilo, aunque comienzan a pasar ciclistas multiplicados por la pandemia que hacen un recorrido liviano para entrenar los músculos, sobre el pavimento de la 22. Algunos van hasta el río y pegan la vuelta, con casi 40 kilómetros regresando a Federal, un lindo tironcito, pero claro, tienen en esta mítica curva una parada técnica casi obligatoria. “Se toman un refresco y le siguen pegando” nos comenta “Lucho”.

Un pino y un paraíso se destacan al frente, pero al fondo se observan las flores bien violetas, espléndidas, de un jacarandá en plenitud. Una casa pintada de rosa a la derecha y una cochera a la izquierda completan el complejo que rodea uno de los boliches significativos que tiene Federal y que hemos ido conociendo en nuestras travesías. Y cada uno tiene sus particularidades, su historia singular, distintiva. Pero todos forman parte de la identidad rural que ha tenido y todavía perdura en esta tierra entrerriana.

“Yo lo ayudaba en el campo a mi padre desde chico y cuando él fallece seguimos trabajando con la mamá, ella atendía el almacén” recuerda, mientras saluda a un hombre bien emboinado, de gauchas bombachas y facón a la cintura que llega para cumplir con el cotidiano ritual de la copa con charla o un ceremonioso silencio. El paisano opta por lo segundo, quizás por la presencia de desconocidos que andan preguntando vaya a saber qué cosas.

- ¿Cómo están las ventas? “Si algo me dio el boliche fueron amigos”, comenta con una amplia sonrisa que deja a la economía en un subordinado plano. La despensa es más bar y las ventas de productos en estos lugares cercanos a una ciudad no pueden competir con los supermercados. “Yo vivo de esto y no lo cambio por nada del mundo. Cada mañana cuando me levanto escucho el canto de los pájaros. Ellos me dicen cómo va a estar el día, si va a estar soleado o va a llover, no necesito más”. Envidiable filosofía.

Una imagen de la virgen de Luján en una ermita expresa la fe religiosa del bolichero. Con los años, “Lucho” Oreggioni pudo comprar un campito de 24 hectáreas que también ayuda en la economía. La despensa está en una comarca donde predomina la ganadería y con muy escasa población, con amplios campos surgidos del desmonte que se van incorporando la agricultura, pero donde todavía se puede ver y disfrutar de la selva de Montiel. A 5 kilómetros está la escuela 58 Martín Miguel de Güemes a la que concurre la gurisada, y a 18 la cabecera departamental, creada el 7 de septiembre de 1880 por decreto del entonces gobernador, el coronel José Francisco Antelo que, continuando el accionar de Urquiza, funda una colonia agrícola a la que denomina Colonia Antelo con más de 12.000 hectáreas, hasta que en 1884 la legislatura provincial le cambió el nombre y la bautizó como Colonia Federal.

Apoyado en el tablón y detrás de las rejas que quedan -que le dan ese toque de las viejas pulperías- “Lucho” prepara una picada mientras otea el horizonte por el que llegan y parten quienes visitan este legendario boliche del departamento Federal. Salame, queso, un poco de panceta -muy recomendables para mantener triglicéridos y colesterol en sus niveles-, y la infaltable galleta sobre una tabla completan el pedido. “Todo está hecho en Colonia San Lorenzo, Chañar o San Salvador, como el salame, muy rico por cierto” dice, por si hiciera falta. “Para tomar tenemos Legui, Cinzano, cervezas, vino, gaseosas” ofrece.

Abierto todos los días del año desde el momento en que los pájaros empiezan a cantar y hasta la medianoche, es una parada casi obligada para mucha gente de distintos lugares que pasa por la 22. “Templo de la amistad” dice un parroquiano que, por si alguna duda nos quedaba, saluda con inclinación de su cabeza a una pareja que baja de un auto, le da la mano al amigo Lucho, pide agua caliente y sigue viaje. Con sus ventanas y mostrador cargados de recuerdos, vivencias, anécdotas pasadas y presentes, de algunos que estuvieron desde siempre y siguen volviendo, en el camino de los almacenes de las zonas rurales de la provincia, esa curva en la ruta donde está “Despensa y Bar Oreggioni” es un lugar para conocer y volver, una y otra vez.

Guido Emilio Ruberto / Campo en Acción

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