Los Barbagelata hacen cría en monte y recría sobre pasturas. Y en la rotación agrícola van dos cultivos por año. En pleno corazón productivo entrerriano, Pedro Barbagelata combina agricultura y ganadería bajo monte, un esquema que le permite tener estabilidad productiva, clave en los difíciles suelos arcillosos.
Ubicado en María Grande 1°, a 85 kilómetros de Paraná, se encuentra el establecimiento “San Antonio”, propiedad de la familia Barbagelata. Las 1.650 hectáreas incluyen un 50% de suelos agrícolas y otro tanto de monte nativo, donde se ubica la ganadería de cría. “La integración entre actividades es total, sembrando pasturas y verdeos en lotes agrícolas y suplementando la invernada con granos de propia producción”, remarcó Pedro, quien es referente de Aapresid en la región.
En el monte concentran la ganadería de cría, alcanzando una carga de 0,70 vacas por hectárea, “lo cual está en el límite de la receptividad para ese ambiente”, destacó Barbagelata. Si bien en años anteriores realizaban resiembra con especies forrajeras como lotus, trébol rojo y rye grass, actualmente optaron por mantenerlas con un pastoreo rotativo y clausuras, pero sin resiembras. Sumado a ello, Barbagelata se esmera por preservar las especies arbóreas nativas, como espinillo y algarrobo, combatiendo otras invasivas como chilcas y chañares. Así logran una excelente oferta forrajera y la presencia de sombra, clave para lograr un ambiente agradable para la hacienda, lo cual repercute en una mejor performance productiva.
El manejo ganadero está conducido por Pablo Barbagelata, hijo de Pedro. “El manejo reproductivo de la cría se basa en la inseminación artificial con genética de primera calidad y repaso con toros”, enfatizó Pablo. “Sesenta días después de la inseminación hacemos tacto y determinamos qué vacas se preñaron con esta tecnología, en tanto que las que quedaron vacías reciben repaso con toros”, agregó.
El destete de los terneros es realizado a los seis meses, aunque en años complicados, donde la oferta forrajera cae, lo adelantan para liberar antes a la madre y darle tiempo para que se recupere.
Una vez destetados, los terneros se encierran y reciben una ración de rollos de alfalfa y grano de maíz durante 15 a 20 días, pasando después a las pasturas. Estas integran la rotación junto a los cultivos agrícolas compartiendo los mismos lotes y cubriendo una superficie de 50 hectáreas por año. Las pasturas se siembran en otoño combinando alfalfa y cebadilla, “a veces acompañada de trébol blanco”, agregó Pablo. La fertilización fosforada es muy cuidada, ya que los suelos son muy pobres en este nutriente. “Aplicamos 120 kilos por hectárea de superfosfato triple a la siembra, y refertilizamos todos los años al voleo con 200 kilos por hectárea”, enfatizó. El pastoreo lo manejan de manera rotativa, suplementando a la recría e invernada con maíz de propia producción.
“La oferta forrajera se complementa con la siembra de cultivos de cobertura que, de ser necesario, se pastorean”, destacó Pedro. Los cultivos de cobertura funcionan, entonces, como un fusible que permite aportar forraje cuando se lo necesita, o simplemente como una herramienta de aporte de materia seca y nitrógeno para mejorar la calidad de los suelos.
Los índices productivos avalan el manejo. “En cría bajo monte estamos produciendo entre 100 y 105 kilogramos de carne por hectárea, con 80% de terneros logrados”, enfatizó Pablo. En recría sobre pasturas y bajo un esquema de suplementación están alcanzando los 630 kilos de carne por hectárea ajustada. “Los novillos se terminan con 400 kilos, para capturar el mejor precio de la categoría novillos livianos, destinados al mercado interno”, destacó Pedro.
En agricultura fueron recorriendo el camino de la intensificación, pasando de la rotación trigo/soja de segunda, maíz, soja de primera, a otra integrada por la secuencia, trigo/soja, trébol rojo o melilotus (como cultivo de cobertura) y maíz. Es decir, dos cultivos por año, con mínimos o nulos períodos de barbecho. “Sin embargo, este año pudimos sembrar muy poco trigo, en parte por el temor de no poder comercializarlo y en parte por las excesivas lluvias otoñales”, destacó Pedro. En consecuencia, esos lotes sin trigo fueron a siembras tempranas de soja de primera en octubre.
“En cuanto a la elección del cultivo de cobertura, en el último año estamos probando con trébol rojo en mezcla con trigo, en reemplazo del melilotus”, enfatizó Pedro. “Nos estimularon al cambio las referencias bibliográficas que afirman un mayor aporte por fijación biológica de nitrógeno por parte del trébol rojo”, agregó. Este año lograron producciones de 6000 kilos por hectárea de materia seca con excelente cobertura. A su vez, la inclusión de trigo como cultivo acompañante “permite que el trébol se trepe a la caña de trigo y el cultivo quede más parado”, enfatizó. “Como punto complicado, hay que destacar que estamos teniendo algunos problemas para el control químico del trébol, por lo que estamos pensando en algún tipo de control mecánico con rolo faca”, aclaró Pedro.
Este año viene bien en agricultura, aunque La Niña ya se empieza a sentir. “Los trigos están muy buenos”, aclaró Pedro. Dentro de la estrategia de fertilización recibieron 100 kilos por hectárea de MAP y 200 de urea. Como contra, las siembras tardías de trigo están retrasando su maduración, lo cual retrasará la cosecha hasta mediados de diciembre bajando el potencial de la soja de segunda.
Los maíces se sembraron en la fecha prevista, recibiendo 120 kilogramos por hectárea de MAP y una fertilización líquida con UAN en V4 de 300 kilos por hectárea. Si bien están buenos, la sequía ya se empieza a sentir. “En cuanto a la soja de primera, arrancamos el 10 de octubre y terminamos hace unos días, escalonando fechas y grupos”, aclaró. La soja se fertilizó con 100 kilos por hectárea de SFT al voleo en presiembra. Como dato novedoso, tuvieron problemas con las palomas, que al comer las plántulas recién emergidas bajaron sensiblemente el stand de plantas en cabeceras de los lotes.
De cara al futuro, Pedro apuesta a la investigación. Es por ello que su campo integra la red de evaluación de BIOSPAS, un ambicioso pero real proyecto de investigación en biología de suelos liderado por Aapresid e integrado por 12 equipos de investigación.
Barbagelata muestra que ser rentables y sustentables es posible, aun en ambientes complicados como los entrerrianos.
Clarín Rural