Primeros pasos

Mal comienzo del nuevo secretario

Actualidad
La ausencia de invitaciones a las instituciones del agro a la ceremonia de asunción, deslegitimar a la Comisión de Enlace y la determinación de desarmar el stand del INTA en la feria de Palermo son manifestaciones contrarias a los cambios requeridos.

No parece razonable que la primera intervención del nuevo secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, haya sido para deslegitimar a la Comisión de Enlace por una inexistente falta de institucionalidad. Señal de que el cambio del responsable de esa área, tras más de cuatro meses de conflicto, no significó, hasta ahora, más que un retoque cosmético en lugar de una revisión de las actitudes soberbias y arrogantes que desencadenaron la crisis.

La Mesa de Enlace, a la cual Cheppi intentó restar autoridad, está integrada por las cuatro entidades madres del sector: la Sociedad Rural, Confederaciones Rurales Argentinas, Coninagro y la Federación Agraria Argentina. La dirigencia, aunada por su discrepancia respecto de las retenciones móviles, pidió una reunión con el nuevo secretario, pero obtuvo como respuesta que cada entidad debía concertar una, porque, según Cheppi, "la institucionalidad que se le puede dar a la Mesa de Enlace terminó en el Congreso con el rechazo a la resolución 125".

Frente a esa respuesta, las cuatro entidades coincidieron en señalar que los productores en general han delegado en la Mesa de Enlace la representación para la discusión de políticas vinculadas con todos los sectores del campo.

La pronta designación de Cheppi parecía indicar que el Gobierno tenía intención de restablecer los contactos y las negociaciones con el campo. El nuevo secretario ha ejercido la presidencia del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), donde se estima que cumplió una acertada gestión. En esa actividad, en estrecha relación con el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, impulsó contratos de exportación de tecnología agraria y maquinaria agrícola a Venezuela.

Cheppi arribó a la Secretaría acompañado de tres subsecretarios que cubrirán las vacantes surgidas de un proceso de desarticulación administrativa, consecuente con la escasa participación de la cartera en la conflictiva relación entre el campo y el Gobierno.

Tan tensos vínculos llevaron las relaciones entre el campo y el Gobierno a los más altos niveles de la administración, y dejaron al ex secretario Javier de Urquiza fuera del centro de los acontecimientos y con un desgaste poco propicio para desempeñar la nueva etapa que comienza ahora. Un dato relevante para comprender la debilidad que aqueja a esa dependencia queda expresado por un hecho en particular: luego de la extensa y comparativamente exitosa gestión de Felipe Solá, que finalizó en 1998, la nueva gestión será nada menos que la décima.

Esto lleva a preguntarnos si esa función reparadora de las relaciones con el agro puede ser exitosamente ejercida desde una secretaría de Estado o si, con mucha ventaja, debería ser desempeñada por un ministro. Esto significaría crear un ministerio de Agricultura. Esta propuesta, usual en estas columnas editoriales, resulta hoy más que aconsejable.

El área de Agricultura es una de las tantas que componen el Ministerio de Economía y Producción. Sus actividades, propuestas y opiniones suelen estar distanciadas de los más altos mecanismos de decisión, como las reuniones del gabinete nacional o los frecuentes contactos de la presidenta de la Nación con sus ministros. El secretario suele estar ausente en acontecimientos que requieren su oportuna y, a veces, decisiva participación. No es extraño que el área tenga rango ministerial en la mayoría de las naciones desarrolladas, como los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Brasil y otros.

Debería esperarse de un ministro del campo la intervención que combatiera la prédica de quienes, como la propia presidenta, afirman que el valor agregado y el empleo están presentes casi íntegramente en la actividad industrial y no en el agro y sus industrias. Que mostrara también que el agro, pese al retaceo de todo estímulo y hasta su persecución como ocurre ahora, sigue aportando más de la mitad de las exportaciones totales del país, fruto de su eficiencia, productividad y competitividad. O que ayude a desestimar la creencia de que la soja es un "yuyo" que tiende a destruir los suelos argentinos. Dos razones más deben ser tenidas en cuenta para el cambio que sugerimos: por un lado, el intenso reconocimiento surgido en la sociedad sobre la trascendencia de este sector para el progreso y el bienestar colectivo; por el otro, la excepcional respuesta que tanto aquí como en el mundo se espera de la producción agraria argentina en medio de la actual crisis alimentaria.

De un modo u otro, el éxito de la nueva gestión agrícola dependerá de las decisiones y los gestos del vértice del poder, centro de la confrontación con el agro. La ausencia de invitaciones a las instituciones del agro a la ceremonia de asunción de Cheppi y la determinación de desarmar el stand del INTA en la feria de Palermo son manifestaciones contrarias a los cambios requeridos. A ello cabe agregar la interferencia del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, en funciones propias del secretario de Agricultura. Más que cosméticas, se requieren, pues, cambios copernicanos de la política agrícola.

El comienzo del nuevo secretario no ha sido nada alentador.

Fuente: La Nación

Estás navegando la versión AMP

Leé la nota completa en la web