"El año pasado vendí 250 vehículos, un récord, y este año se perfilaba mejor, pero ahora estamos parados, ya ni tengo consultas para camionetas", se queja Julio Quintana, dueño de una concesionaria de Ayacucho, provincia de Buenos Aires, donde el grueso de los ingresos del comercio y de los servicios proviene de los gastos de los productores ganaderos. "A partir de marzo caímos en picada", añade.
Fue precisamente en marzo cuando el Gobierno suspendió las exportaciones de carne, una medida que logró parcialmente el objetivo de disminuir el precio de los cortes en el mercado interno, pero produjo una caída en la rentabilidad y las expectativas de los productores, que entonces frenaron sus inversiones. Esta retracción pronto la sintieron los comerciantes de cientos de ciudades ganaderas, como Ayacucho, donde estiman que sus ventas cayeron un 30% en los últimos meses. Ubicada a 330 kilómetros de la Capital Federal, esta ciudad, que se presenta como la capital nacional del ternero, siente en el día a día los US$ 300 millones que perdió el campo por la veda exportadora.
Quintana comenta que en 2003 comenzaron a aumentar las ventas después de una década difícil, pero la bonanza duró hasta marzo pasado. "Volvimos a los 90, cuando estábamos parados y sólo vendía 50 camionetas por año", resume.
A pocas cuadras, Juan José Olarte abre su amplia ferretería, que está por cumplir 80 años. Después de mucho tiempo de remar contra la corriente, dice que vivía una época de vacas gordas: "En estos últimos tres años me fue bien, pude agrandar el negocio y tomé tres empleados más". Para Olarte, las desgracias comenzaron con las retenciones a la exportación de carne, y el broche final fue el cierre de las ventas al exterior. "Si esto seguía como veníamos, seguro que tomaba más gente, pero ahora también estoy a la expectativa", se lamenta.
El comerciante señala que el sector comenzaba a recuperarse después de años negativos y la ciudad vivía un clima de entusiasmo. "Durante una década estuvimos muy mal, mucha gente se endeudó. Pero a partir de la devaluación el campo empezó a resurgir", recuerda.
Con el aumento del precio del novillo los productores empezaron a comprar alambres, postes, tanques de molinos, electrificadores, motosierras, máquinas, pinturas, materiales para la construcción, y así "el pueblo se movía". Hasta que el sueño se terminó.
Roberto Zudaire también es dueño de un amplio local donde ofrece todo tipo de artículos rurales, del hogar y ferretería. "En todo lo que vendo a productores la venta cayó un 30%. También tengo un negocio en Rauch y está peor, más quieto", comenta.
Zudaire expresa que cuando al agro le va a bien, repercute en la venta de todo tipo de productos en una larga cadena virtuosa. "El primer engranaje de este país es el campo", sostiene.
En el otro extremo de la ciudad, Carlos Suárez atiende en la Casa del Constructor. Allí vende todo tipo de materiales: desde ladrillos para las casas hasta bebederos para los animales. Suárez comenta que el 90% de sus clientes es gente de campo, y que "este año la venta se ha venido abajo terriblemente".
Mano de obra
La caída también se refleja en el empleo, cuando hace unos meses no se encontraban trabajadores para los oficios que dependen del campo. "La venta bajó un 30%, pero también el pedido de mano de obra", detalla Suárez. Explica que se estaba generando más empleo para los albañiles y los alambradores, que estaban ocupados por meses, pero que lamentablemente se frenaron los pedidos.
En las tierras de donde partieron Gato y Mancha a Estados Unidos no podía faltar una talabartería como la de Héctor Berruti, de 68 años, cuya familia instaló el negocio en 1932. El olor a cuero impera en su local, donde resaltan los aperos para los caballos y la vestimenta rural. "La venta de bombachas en estos meses bajó más de un 40%. Venía haciendo tres pedidos por mes, y ahora... nada." Agrega que "en estos dos meses bajó la venta de todo: recados, frenos, alpargatas, boinas".
Berruti apunta que, como en tantos pueblos de la provincia, allí no hay turismo ni industria: los 20.000 habitantes dependen de la suerte del campo. Y se queja: "Estoy muy desilusionado porque venía todo bien y se cortó de vuelta, pero lo increíble es que no sea por una sequía o una plaga, sino por una medida del Gobierno".