¿La copa que se levanta está medio llena o medio vacía?

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¿Cómo será recordado el año que termina? ¿Como el de la cosecha récord o como el año en que se aumentaron las retenciones? ¿Habrá cambiado algo en lo sustancial para la actividad agropecuaria en 2005?.Estas preguntas, inevitables a la hora del balance, invitan a hacer un repaso de los últimos doce meses y, al mismo tiempo, prepararse para lo que pueda ocurrir en el año que comienza mañana.

Podría definirse a 2005 como el año de los contrastes. Por un lado, la competitividad productiva del campo se reflejó en las cifras récord de producción y exportación. Se alcanzó un récord en la campaña 2004/2005 con 84,1 millones de toneladas de granos. Y aun cuando falta contabilizar lo vendido en diciembre, las exportaciones de carne superaron los 1200 millones de dólares; las de leche, los US$ 500 millones; las de frutas, los US$ 630 millones; las de pollos y productos avícolas se acercan a los US$ 80 millones. En conjunto, las exportaciones agroalimentarias ya alcanzaron los US$ 19.261 millones (sin contar diciembre) y superaron los US$ 18.000 millones alcanzadas en todo 2004. A su vez, los precios internacionales de los granos, aunque no tan buenos como en 2004, continúan en un buen nivel.

Aquellas cifras, por sí solas, dejan en claro que son el resultado de la actividad más dinámica de la economía argentina. Pero por otro lado, el Gobierno parece empecinado en aplicar políticas que, en vez de potenciar esa capacidad productiva, tienden a desalentarla. A simple vista, un modelo económico que se base sobre un "dólar alto" y con superávit fiscal debería ser beneficioso para el agro, pero ambos componentes tienen la contrapartida de las retenciones a las exportaciones y una fuerte presión fiscal.

Este año, además, surgió un nuevo fantasma para el modelo económico que había permanecido casi dormido en los primeros años tras la crisis devaluatoria de 2002: la inflación, que superará los dos dígitos. El Gobierno lo vivió como un problema político y actuó de esa manera, promoviendo acuerdos de precios que resultaron de difícil cumplimiento. En julio se dio la primera señal de alarma cuando el entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, decidió incrementar las retenciones a la leche en polvo de un 5 a un 15% y las de quesos de un 5 al 10 por ciento. En ese momento, el Gobierno dijo que iban a ser transitorias (180 días) lapso durante el que iba a analizar si había logrado disciplinar los precios en góndola. Ese plazo vence a fines del mes próximo. Además, prometió que el producto del aumento en la recaudación iba a ser destinado a créditos a baja tasa para los tamberos. Más allá de algunas conversaciones, esa promesa, hasta el momento, quedó en la nada.

La segunda señal de alarma fue el aumento de las retenciones a la carne del 5 al 15 por ciento que Lavagna y el secretario de Agricultura, Miguel Campos, anunciaron el 18 de noviembre pasado. Fue toda una paradoja. Como nunca antes, la ganadería argentina recibía buenas noticias. En febrero, el país recuperó su status de libre de aftosa con vacunación. Estados Unidos estaba prácticamente ausente de los mercados exportadores por los casos del "mal de la vaca loca" en diciembre de 2003 (sólo comenzó a abrirlos hace una semana) y Brasil, el primer exportador mundial, quedó prácticamente afuera del escenario desde octubre pasado cuando detectó aftosa en Mato Grosso do Sul, el segundo estado productor. El consumo mundial de carne vacuna volvió a recuperarse después de la caída que había registrado hace algunos años por la aparición de más casos de EEB en Europa y el ingreso de la temida gripe aviaria en el Viejo Continente, que en el Sudeste Asiático mató a más de 60 personas.

A ese contexto internacional favorable se sumó también la recuperación del consumo interno, producto del crecimiento económico del 9%, y de la incipiente mejora de los salarios.

Como ni siquiera ocurrió en la década del noventa, la industria frigorífica comenzó a recibir inversiones. Cargill compró el ciento por ciento de Finexcor y se concretó la operación más importante del año: el frigorífico brasileño Friboi, adquirió el frigorífico más grande de la Argentina, Swift, en unos 200 millones de dólares. Y hubo otros pases de empresas como la adquisición de Friar por parte de la aceitera Vicentín.

Pero el Gobierno decidió ignorar ese movimiento y sólo se preocupó por el impacto mediático del incremento del precio de la hacienda y de la carne en el mostrador.

Así llegó a principios de este mes, cuando presionó con todo tipo de métodos a la cadena de carnes para que firmara un acuerdo de precios. Inclusive amenazó con llevar las retenciones a la carne del 15 al 25%, dos puntos más que la soja. Sólo se frenó cuando se dio cuenta que las consecuencias podían ser peores, por la amenaza de un paro ganadero impulsado por la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap) y otras entidades de Córdoba y San Luis.

Capital social

Pero el agro no sólo es producción. También ha demostrado en 2005 que está en condiciones de elaborar propuestas que tienen en cuenta el mediano y el largo plazo. Entidades como Aacrea y Aapresid pusieron énfasis en apuntar a la producción sustentable, a la responsabilidad social empresaria y a la formación del capital social. Maizar y Asagir se afianzaron en el trabajo conjunto entre producción, industria, comercio, ciencia y Gobierno. Y el Foro de la Cadena Agroindustrial, aún con las limitaciones que supone alcanzar posiciones comunes entre 40 entidades, presentó trabajos para impulsar una reforma impositiva, encarar un plan de infraestructura, apuntar a las Buenas Prácticas Agrícolas y consolidar un sistema de seguridad y calidad agroalimentaria.

También se multiplicaron las exposiciones y los congresos agropecuarios que muestran cómo los productores, técnicos y profesionales se preocupan por estar permanentemente actualizados sobre las últimas innovaciones tecnológicas y las consecuencias que éstas podrán tener en su actividad cotidiana.

Por cierto que 2006 traerá más desafíos al agro. En un país en el que el 50 por ciento de la población vive bajo la línea de pobreza, pero al mismo tiempo tiene los recursos humanos y naturales para salir ella, el campo tiene mucho para ofrecer. A pesar de las dificultades, el balance no puede dejar de ser positivo.

Fuente: La Nación

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