En el siglo XV, los africanos molían los granos de maní y obtenían una pasta sabrosa y nutritiva.
En la cocina asiática, maní, manteca y aceite de maní son infaltables. Los chinos, principales productores mundiales, han consumido esos productos durante siglos.
En 1890 el doctor Harvey Kellogg, de Michigan, empezó a experimentar con manteca de maní como una excelente fuente vegetal de proteínas para sus pacientes.
En el célebre Tuskegee Institute, de Alabama, el científico George Washington Carver inició, en 1903, sus investigaciones en maní y desarrolló más de 300 usos. Hoy, muchos lo consideran el padre de la industria manisera.
Krema Products, de Ohio, empezó a vender manteca de maní en 1908. Actualmente permanece activa y es la más antigua fábrica de este producto.
En 1955, Procter & Gamble ingresó al negocio manisero e introdujo la marca JIF, una de las más reconocidas mundialmente.
En la actualidad, opera la fábrica de manteca más grande del mundo con una producción de 250 mil frascos por día.
Presente en el 75 por ciento de los hogares norteamericanos, la manteca de maní forma parte de la canasta familiar básica. Casi la mitad de la cosecha manisera estadounidense se destina a este uso.
La manteca de maní es un producto que aporta fibra, proteínas, vitaminas, calcio, hierro, ácido fólico, zinc, magnesio, fósforo, potasio y hierro. Además de antioxidantes se adapta para celíacos.
Por B. Ackermann: CEO de la Cámara Argentina de Maní