Opinión

El dilema futuro: retenciones o exportaciones

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Las retenciones se aplican hoy no solamente a productos energéticos y del campo, sino también a las manufacturas industriales y agropecuarias. Es necesaria una reforma tributaria que no desaliente las exportaciones.

Enfrentaremos en los próximos meses una tensión creciente entre el actual nivel de retenciones a las exportaciones y la necesidad de obtener significativos superávits en la cuenta corriente para consolidar la solvencia crediticia de nuestro país, que se ha comenzado a cuestionar con cierto apresuramiento. Recordemos que las retenciones se aplican hoy no solamente a productos energéticos y del campo, sino también a las manufacturas industriales y agropecuarias.

Después del colapso de la convertibilidad, que había mantenido durante la década del noventa la paridad peso-dólar, Argentina registra una brusca devaluación de su moneda en el 2002, llegando a cotizarse el dólar a alrededor de 3,70 pesos. Con un peso tan devaluado y una crítica situación fiscal, más precios internacionales en ascenso, Argentina vuelve entonces justificadamente a aplicar a todas sus exportaciones la antigua receta de altos impuestos. Esto no fue óbice para que las exportaciones siguieran creciendo, obteniéndose así importantes saldos superavitarios en la balanza comercial. Pero este año las cosas comienzan a cambiar, por lo pronto el sector energético que en 2006 aportó la mitad del superávit comercial, se está ahora convirtiendo en un importador neto. Al mismo tiempo las principales commodities, como la soja registran hoy precios en el orden del 30 por debajo de los altos valores del mes de julio, cuando el grave conflicto campo-gobierno alcanzaba su clímax. Los pronósticos indican que es probable que se registren aun más reducciones en estos precios de las commodities exportables por Argentina, si bien hay consenso que los precios seguirán por encima del 2006-2007.

Pero la principal amenaza a las exportaciones se encuentra ahora en la política cambiaria de los últimos meses, durante los cuales el Banco Central ha comenzado a utilizar el tipo de cambio como herramienta para controlar una inflación que ya supera el 20 por ciento anual. Cuando escribíamos esta nota el dólar se cotizaba a 3,08 pesos, recordemos que a fines del 2005 la cotización había sido de 3 pesos, y desde entonces la inflación acumulada de costos internos esta en el orden del 50 por ciento. En el presupuesto fiscal para el 2009 se prevé que el valor del dólar se incrementará por debajo del aumento previsto en los costos internos. Señalemos por ejemplo, que los costos logísticos, tan importantes para el comercio de granos, han crecido en el último año un 30 por ciento, y se proyecta un incremento de por lo menos el 20 por ciento para el próximo año. Así será cada vez será más difícil exportar y más fácil importar, lo cual afectará la competitividad de innumerables actividades productivas, mientras que el superávit comercial, imprescindible para generar divisas para cancelar la deuda externa, disminuirá. Además, la actual crisis financiera global tenderá a deprimir la demanda interna en grandes países industrializados, los cuales querrán defender su propio nivel de empleo exportando la crisis; es decir disminuyendo las importaciones y expandiendo las exportaciones. Por esto luce como poco sensato seguir manteniendo los altos impuestos que gravan a exportaciones primarias como la soja con el 35 por ciento, al trigo con el 28 y al maíz con el 25, a las uvas, manzanas, pesca, hortalizas, con el 10 por ciento. Estos impuestos también gravan con el 5 por ciento a productos elaborados como zapatos, indumentaria, vinos, plásticos, motores, carteras de cuero, vehículos, aluminio y productos siderúrgicos.

Señalemos que si los costos industriales de producción representan, por ejemplo, el 70 por ciento del precio de exportación, un impuesto del 5 por ciento a la exportación equivale a un adicional del 17 por ciento del impuesto a las ganancias. Son muchos los países que subsidian las exportaciones (por ejemplo la Unión Europea) pero son pocos los que las gravan, desalentando la inversión y la producción. Estos impuestos se justificaron transitoriamente en Argentina cuando el tipo de cambio y los precios internacionales eran altos, pero ahora la situación es diferente. Por eso es necesaria una reforma tributaria que no desaliente las exportaciones y que, además, apunte a estimular inversiones productivas aptas para competir en la arena internacional. Esta tarea es urgente, ya que en los próximos meses se agudizará el conflicto entre la preservación de los ingresos fiscales y la necesidad de sostener la competitividad de las exportaciones, no sólo agropecuarias sino también industriales.

Por Alieto Aldo Guadagni - Publicado en El Cronista Comercial

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