Es muy triste para los argentinos y muy dañino para nuestra reputación el curso del conflicto desatado por la equivocada decisión de aumentar una vez más las retenciones a las exportaciones. Y es más lamentable por darse junto a la mejor oportunidad de desarrollo que el mundo ofrece a la Argentina en mucho tiempo.
Se han develado fisuras profundas de nuestra estructura social y reaparecen cuestiones largamente irresueltas: la federal, la del papel del campo y las agroindustrias y sus relaciones con las grandes ciudades, la de la distribución del ingreso, la fiscal.
Para que el diálogo fructifique debe mirar hacia el futuro y basarse en la verdad. Mirar hacia adelante es esencial porque nuestra historia no es de éxitos, sino de fracasos. Mirando hacia afuera veremos que Brasil está logrando mucho más que lo que la Argentina se propuso hace un tiempo: ser el principal exportador agroalimentario.
Hay que pensar lateralmente porque el camino no es ni el liberismo que algunos sueñan ni reiterar políticas anti-agroindustriales del pasado. La distribución del ingreso ha sido la cuestión más mencionada en estos días, y está bien. No sería equitativo pasar a todos los consumidores aumentos de precios como el que ha tenido la leche en polvo, de 1900 a 5500 dólares la tonelada (hoy 4500). Es cierto que varios países del mundo están restringiendo las exportaciones para limitar la agflation. Pero estas políticas suelen agravar el problema al desalentar la producción, como ocurre con el arroz en Asia.
Los métodos permanentes que se aplican en casi todo el mundo son otros. Fiscalmente, el impuesto a las ganancias y el inmobiliario. Por otro lado, subsidios directos a los consumidores, lo que podría hacerse generalizando a familias de bajos ingresos una tarjeta alimentaria, como la de la provincia de Buenos Aires. No es serio objetarla por su costo: sectores de altos ingresos reciben hoy subsidios cercanos a los $ 20.000 millones, mitad en exenciones impositivas y mitad en subsidios a la energía o el transporte, amén de alimentos más baratos. Un diálogo sincero sobre la distribución implica poner sobre la mesa estos números.
Es probable que los altos precios de los alimentos, con su volatilidad propia, hayan llegado para quedarse y podrían subir. Contra lo que se ha dicho, en dólares constantes son hoy "sólo" la mitad del pico de 1973-74. En ese marco, es improbable que coexistan el llamado tipo de cambio alto y la exportación libre. La política de tipo de cambio nominal debería estar más vinculada que hoy a la tasa de inflación, so pena de apreciar la moneda por las presiones inflacionarias, como se ve hoy. Estas presiones se deben en parte al desaliento de la producción agroindustrial, que conduce a privarse de cuantiosas exportaciones.
Dialogar implica reconocer estos hechos y argumentar cómo puede reemplazarse esta crucial fuente de crecimiento. Pero la agenda productiva no se agota aquí. Hay consenso en la conveniencia de que la Argentina produzca y exporte más y mejores productos agroalimentarios para los supermercados. Lograrlo requiere acuerdos que no impliquen reprimir la producción.
Tampoco hay que rasgarse las vestiduras cuando se dice que la "sojización" puede ser un problema, sino discutirlo. No suele convenir a un país depender tanto de un solo bien, pero las políticas del Gobierno hacia la ganadería, la lechería y el trigo son causales importantes de lo que critica. Si la diversificación productiva fuera la finalidad de las últimas medidas, podría haberse aplicado todo el excedente a subsidiar la producción de carnes, leche y trigo, como imperfecta y parcialmente se está haciendo.
Tampoco debería omitirse discutir la constitución de fondos anticíclicos de estabilización de precios, financiados con impuestos ante valores extremos y entregando subsidios. La Argentina se debe todavía una discusión serena sobre una convivencia más armoniosa del agro y la industria.
Los principales impuestos que usan los países exitosos para redistribuir ingresos son el impuesto a las ganancias y el inmobiliario. Ganancias se puede cobrar en la Aduana, y soslayar así su presunta incobrabilidad. También puede ser instrumento para aliviar la carga fiscal de pequeños productores, estableciendo alícuotas progresivas a las empresas como las hay para las personas.
Otro cuestión importante de finanzas públicas es que la Argentina está "indexando" peligrosamente el gasto público al precio de las commodities, naturalmente volátiles.
Todo esto remite a la cuestión federal. El inédito alcance geográfico y social de las protestas de estos días revela que se está agravando. Resolverla requiere reemplazar gradualmente las retenciones por impuestos coparticipables o al menos, coparticipar aquéllas y dar mayor responsabilidad recaudatoria a provincias y municipios. No es consistente proclamar la construcción de una democracia genuina y soslayar la de un federalismo maduro, en el que las personas y los pueblos sean más genuinamente soberanos.
Estos son sólo algunos de los puntos de la agenda necesaria para buscar una solución profunda y duradera al conflicto planteado, apaciguar los ánimos y dar rienda suelta al enorme potencial productivo del país.
Por Juan José Llach - Publicado en La Nación
El autor es economista y sociólogo; profesor del IAE-Universidad Austral.